• Angelina' Blog

LA MEMORIA DE UN OLMO

“Antes que el río hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazón espera también hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera. “

Antonio Machado, A un olmo seco

Ni un solo domingo, ni uno solo desde aquella tarde, he puesto los pies tras las herrumbrosas puertas de la iglesia. Sépanlo ustedes: Para goce y alimento de alcahuetas.

Recuerdo, aunque soy viejo y estoy ajado por las penas y los olvidos, que me contó José, el hijo del carpintero , mientras me miraba detrás de sus lentes ahumadas, como cada fin de semana, el nuevo cura, con la sotana limpia y recién planchada, salía al púlpito y elogiaba a los presentes orando, y orándose, por las almas perdidas: Las que congregaban en la taberna, rojos, desleales y masones… y algún pobre desgraciado que había echado a perder su vida entre el clarete y el tapete de fieltro verde.

Se dormía el hombre, entre rezo y rezo, entre salmo y salmo.

Tomasín, el monaguillo, acostumbrado ya, elevaba los brazos hacía el cielo y los fieles, incitándolos con vehemencia al canto, quedando así para la misa todo bien arreglado.

Y cada tarde de domingo, después de la comida buena, después de la siesta, justos y pecadores nos encontrábamos en los bancos de piedra. En la Avenida de los Olmos - los mismos que ahora están enfermos - y bebíamos del fresco vino de las bodegas y echábamos unas partidas a las cartas, al dominó o a lo que fuera. Me acuerdo muy bien, aunque esté viejo y ajado, de que las puertas de las casas de la Plaza se llenaban de sillas que guardaban la compostura de las viejas. ¡Y cómo les gustaba a las mozas salir a tomar una limonada! Y los niños… ¡Leñe de niños ¡

Benditos por siempre de Dios… ¡Que niños se criaban entonces! Merendaban lo que les daban, o lo que hubiera, y se escapaban los bellacos, bocadillo en mano, corriendo a más no poder, a los campos segados, a matar pájaros o cualquier bestia o bicho que se cruzase en su camino: Osos, leones, o gatos.



Las niñas se quedaban sentadas, en sus sillitas de madera y mimbre gastado, aprendiendo a bordar, al lado de las abuelas viejas y mirando con envidia como sus futuros esposos se alejaban de las puertas de las casas como espíritu que lleva el viento: Libres, hasta los límites del pueblo.

Los envidiaban, y mucho, aunque no se lo decían nunca. ( Sepan ustedes, que no hay envidia buena).

Querían para ellas aquella brecha en la frente o esas rodillas sucias. ¿Qué no hubieran dado las niñas buenas por cambiar sus trajecitos de flores rojas y amarillas por unos pantalones cortos de batalla y salir a los campos?

Rabia: Al leer en sus rostros aquel "Aquí no ha pasado nada". Y ellas calladas. Chiton, con la mirada, les decían las solteronas y las beatas que como quien no quiere la cosa por allí pasaban.

Buen premio les daban a los niños: Agua del grifo y jabón Lagarto, un cachete en el culo, y arreando que es gerundio. A ellas, a las niñas, solo les repasaban el bordado. Ahora ya soy viejo, y por eso me acuerdo bien de lo que me quiero acordar. Perdónenme si hablo desordenado, pero es que ni un solo domingo, ni uno solo, he puesto los pies, y menos el espíritu, tras las herrumbrosas puertas de la iglesia.

Y el espíritu se me ha ensanchado.

Ni un solo domingo, ni uno solo.


Desde aquella tarde de San Juan, cuando a la Rosa se le cayó al suelo el pañuelo perfumado, y al devolvérselo, colgué los hábitos.